¿Por qué es peligroso un Zelote en el poder?

¿Por qué es peligroso un Zelote en el poder?
El peligro de un zelote en el poder no reside en sus creencias, sino en la arquitectura espiritual de su certeza. No piensa el mundo: lo postula. No elabora una teoría para lidiar con la complejidad, sino que exige que la complejidad se rinda ante su esquema. El pensamiento, para él, es apenas un ritual de confirmación. Cada hecho vale si ratifica; cada disidencia, una amenaza teológica.
El zelote no necesita multitudes, le bastan auditorios cerrados. No busca interpelar al pueblo, sino complacer a una casta de fieles internacionales que le prometen lo que en las calles de su país nunca encontrará. Su sueño no es la posteridad en los libros de historia ni el aplauso popular en las plazas. Quien gobierna desde el dogma no busca adhesión popular, sino consagración cortesana. Por eso su mirada no se detiene en la vida común, sino en auditorios exclusivos, donde las preguntas están disueltas en cortesías diplomáticas y la ovación es parte del mobiliario. No anhela la memoria del pueblo, sino el circuito de foros internacionales, donde pueda repetir su evangelio sin que la miseria ni el hambre interrumpan su cadena de certezas.
La calle le resulta una escenografía vulgar; el hambre, un subproducto del alma improductiva. No gobierna para transformar el destino de los pueblos, sino para consumar el destino manifiesto de su delirio. Cuando imagina su futuro, no ve plazas ni escuelas: se ve a sí mismo retirado, paseando su verdad por el mundo como un arca sin náufragos.
¿Cómo se derrota a un Zelote?
No se lo persuade: su ideario está blindado. No se lo conmueve: no siente, proclama. El zelote no razona: clasifica. Divide el mundo entre creyentes y herejes, fieles y enemigos del dogma. Las multitudes que marchan no lo inquietan, le confirman que aún hay resistencia que purgar. El desacuerdo no lo interpela, lo reafirma. Y cada gesto de réplica, si no se piensa con astucia, lo alimenta.
No se lo persuade: se lo derrota. No con ruegos, ni con negociaciones, ni con argumentos bienintencionados. Se lo derrota allí donde no puede habitar: en la pérdida del mando. Hay que arrebatarle el púlpito, no discutirle los versículos. Porque para él no hay interlocutores, sólo conversos o enemigos. Y si uno acepta el lugar que él asigna, la partida ya está entregada. Se lo vence cuando se le arrebata la iniciativa, cuando no se le permite marcar el terreno del debate ni elegir el arma del discurso.
La política, en sus manos, es una cruzada contra la realidad. Y a un zelote no lo derrumba la evidencia ni lo erosiona el tiempo: se lo derrota cuando se le impide disparar primero. Porque cada vez que marca el inicio del combate, la razón llega desarmada, forzada a disputar un territorio que ya fue incendiado.
El fin de la explotación laboral
El Zelote del capital, con esa solemnidad que suele adquirir la ignorancia cuando se reviste de convicción, anuncia el fin de la explotación. No hay ya amos ni siervos —proclama— sino voluntades libres que comercian horas por papel moneda, en un acto puro, casi eucarístico.
En su mundo sin poder, el contrato deviene una danza entre iguales: el obrero y el CEO negocian sin otra herencia que su voluntad, sin más armas que su libertad. Uno elige diseñar torres; el otro, apenas puede elegir entre el hacinamiento y la intemperie. Se estrechan la mano antes de que uno regrese a su country y el otro al colectivo de las seis.
La indigencia, nos enseña, es una variante excéntrica de la libertad; el hambre, un defecto en la administración del deseo. No hay estructura, ni coacción, ni historia: solo almas responsables orbitando en el vacío de sus decisiones.
El capital —según este evangelio— no se alimenta del trabajo ajeno: se pliega dócilmente a la demanda de quien ofrece su labor. El empresario no extrae, sino que concede. Y así, quienes viven de su trabajo terminan convertidos en socios presuntamente voluntarios de quienes han hecho del trabajo ajeno su forma de acumulación. No por imposición, claro está, sino por elección devota.
La explotación, nos dice el Zelote, ha sido abolida: ha aprendido a hablar el idioma de la libertad. Mientras se eleva con la solemnidad del orador que se cree profeta, interpreta el silencio incómodo como un aplauso invisible, una ovación muda en su honor. Pero la explotación no se disuelve en palabras ni se extingue en discursos; es una sombra densa, inscripta en la carne, un rumor persistente que el verbo no alcanza a domesticar. Y serán aquellos que la llevan grabada en su propio pulso quienes, sin ninguna ceremonia, habrán de deshacer esta estrafalaria impostura.

El Zelote anunciando el fin de la teoría de la explotación: https://youtube.com/shorts/cpT_2FwdTlg?feature=shared

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