EL ETHOS NEOLIBERAL[1] – Prof. Dr. Gonzalo Santiago Rodríguez (Universidad Nacional de Cuyo, CONICET)
Resumen:
El neoliberalismo no es una estructura estática: se mueve, muta, se adapta… y vive. No es un objeto que podamos diseccionar, sino un sujeto que moldea nuestras vidas, nuestras relaciones y hasta nuestra forma de desear. Ha transformado a la persona en empresa de sí misma, un “neosujeto” flexible, siempre disponible para el mercado, donde trabajo y deseo se confunden. La educación no escapa a esta lógica: se convierte en escuela-empresa, formando individuos “autónomos” que cargan con toda la responsabilidad. Bajo el discurso de innovación y libertad de elección, se instala una ética del self-made man, distorsionando la frontera entre lo público y lo privado. Pero no todo está perdido: aún hay resquicios para pensar la escuela como un espacio común, capaz de generar contra-conductas y resistencias. El desafío es redefinir igualdad y libertad para que la educación vuelva a ser un terreno de transformación colectiva.
Hacia 1979 Foucault cita a Walpole con la ya conocida frase que da inicio al Nacimiento de la Biopolítica, esta frase rezaba así: quieta non movere, no hay que mover lo que está quieto (Foucault, 2007, p. 16). Citamos aquí a Foucault no para explicar en términos generales todo lo que en sus conferencias de finales de los 70 dejaba traslucir en el análisis del nuevo modo de gubernamentalidad de los estados modernos; su lúcido análisis nos sirve de punto de apoyo para proponer un impasse en la interpretación. Se trata de un ejercicio más que dificultoso, porque podríamos perfectamente pensar nuestra realidad a partir de su diagnóstico. Nos preguntamos hasta qué punto la frase de Walpole es totalmente inadecuada para hablar de la situación de nuestros días, en lo equivocado que sería pensar hoy en la quietud como un estado de situación: estado de situación caracterizado por el cambio. Por eso es necesario proponer aquí algo distinto, que no tiene que ver con la denuncia apresurada que nos gustaría hacer y que es necesaria hacer, sino con la necesidad de quedarnos por un segundo quietos con la gravidez de un cuerpo que no se deja arrastrar, con la resistencia de algo que está atascado en la corriente. Nietzsche ha sabido de esta sana enfermedad que aqueja a los filósofos: la de poner con el presente “la piel de tres siglos” (Nietzsche, 1988, p. 198). Por eso es preciso retomar un poco la idea del cambio para hablar del neoliberalismo no como un estado de situación, sino como algo que no está quieto, que se agita, que cambia, quid movit vivit. Foucault cita a Hayek: “lo que necesitamos es un liberalismo que sea un pensamiento vivo” (Foucault, 2007, p. 254). Por eso el neoliberalismo no es, en nuestro días, algo artificial, sino es el elemento donde nacimos: es la naturaleza que Hegel pensó en la alegoría de Proteo (Hegel, 1827, p. 18), un ser que al asirlo con ambas manos cambia de forma: a veces es un pez que se nos resbala, a veces una serpiente, a veces una medusa, a veces una anguila que nos lanza un choque de corriente. Y si el neoliberalismo está vivo quizás sea lo más difícil de asir, de atrapar, de analizar, de estudiar, porque no es un cuerpo en la mesa que permita ser diseccionado. El neoliberalismo se transforma, cambia, genera anticuerpos, se vuelve, siguiendo ya ahora las ideas de Esposito (2003, 2005), inmune a sus amenazas, se vale de nuestras fuerzas para adaptarse y prosperar: mientras más lo sujetamos y enfrentamos, más parecido se vuelve a nosotros, más nos convertimos en parte de él. El neoliberalismo ha dejado ser un objeto, ha dejado de ser una sustancia, ha devenido un sujeto.
A diferencia de las subjetividades nacidas en las sociedades industriales, el sujeto neoliberal o “neosujeto” ya no se encuentra sometido a las formas rígidas y atomizadas de los modos de producción de las fábricas: doblegado por las disciplinas, encauzado en cuerpo y alma para realizar una actividad que lo divorcia de sus deseos y aspiraciones. Por el contrario, el neosujeto es un producto perfeccionado de un sistema en que el hombre se encuentra unificado en una relación donde deseo y disciplina dejan de oponerse. Se trata de un sujeto adaptable y flexible, activo, que orienta su deseo a la realización del producto al que se encuentra sometido, un producto que es también él mismo. Sostienen Dardot y Laval:
(…) ya no se trata tanto de reconocer que el hombre sigue siendo un hombre en el trabajo, que nunca se reduce a la condición de un ser pasivo; se trata de ver en él al sujeto activo que debe participar totalmente, comprometerse plenamente, entregarse por entero en su actividad profesional. El sujeto unitario es, por lo tanto, el sujeto de la implicación total de sí. (Dardot & Laval, 2013, p. 331)
Lo interesante del diagnóstico reside en que este neosujeto ya no se encuentra, como plantea el discurso liberal, separado en diversas esferas (iglesia, estado, comunidad política, mercado monetario), sino que la lógica del mercado subsume a las demás dentro de su ethos, poniendo en cuestión la supuesta pluralidad democrática que permitía una multiplicidad de normas morales, religiosas, y políticas. Es posible reconocer el hecho de que las transformaciones producidas por el nuevo modo de capitalismo parecen haberse liberado ya completamente de su dependencia a sistemas heterogéneos como el de la religión y las tradiciones nacionales heredadas. Esta comprensión de la transformación de los vínculos humanos en vínculos mercantiles ya había sido diagnosticada por Marx (1985, p. 31) y, ciertamente, la disolución de las relaciones familiares o comunitarias es más el resultado de la propia evolución del capitalismo antes que de una crítica alternativa al mismo. En este sentido, el neoliberalismo ha sido más eficiente que el liberalismo, puesto que ha llevado a cabo una dominación sin precedentes en la propia dinámica social, apropiándose de los conflictos con el objetivo de avanzar en su desarrollo. De este modo, el neoliberalismo produce “una unificación sin precedentes de las formas plurales de la subjetividad” (Dardot & Laval, 2013, p. 231), un nuevo “sujeto unitario” entendido ahora como “sujeto empresarial”.
Este sujeto implica, a su vez, un ethos[2] unificado, es decir, un conjunto de valoraciones y modelos que se impone de facto no sólo en la propia subjetividad, sino en las relaciones con los demás. Los autores hablan de un “nuevo ethos de autovalorización”(Dardot & Laval, 2013, p. 337), es decir, de un nuevo modelo de subjetivación, que implica la idea de una “empresa de sí”. En tanto ethos, implica una axiomática donde predominan valores como la energía, la iniciativa, la responsabilidad, la ambición, el cálculo, la adaptabilidad, la responsabilidad personal, etc. Se trata de una ética del selfmade man: un modo de pensar y actuar según el cual la libertad y la responsabilidad conllevan una concepción acerca de la realización humana mediante el trabajo y el consumo. Frente a la auto-renuncia medieval o la metanoia del primer cristianismo, el ethos empresarial postula formas nuevas de ascetismo: un ascetismo del disfrute de sí, un cuidado de la auto-valorización.
Este nuevo ethos posee también consecuencias para la educación. El nuevo sujeto ya no se comporta de manera pasiva con el conocimiento, sino que posee una relación activa con el mismo. El niño, por ejemplo, comienza a ser, desde muy temprano, el gestor de su propio conocimiento: un empresario de su formación que se encuentra siempre empujado a gestionar sus saberes en función de las necesidades y oportunidades que el mercado le ofrece (Dardot & Laval, 2013, p. 341). Esta nueva concepción educativa se disfraza de progresismo, postulando una reforma constante. La escuela, como el estado, se encuentran también sometidas a la nueva razón del mundo, cuyo imperativo transforma tanto a las personas como a las instituciones en empresas de sí. Los directivos se convierten en gestores, los docentes en facilitadores del saber, y los estudiantes en consumidores. Estas lógicas afectan también al modo en que la escuela se desenvuelve en la sociedad alterando sus fines en función de sus necesidades, apremiada por una coyuntura que no deja de ser adversa y empujada a un mundo al que debe adaptarse o desaparecer. Este modo de comprender la educación ya había sido tematizado por Laval en su libro La escuela no es una empresa (Laval, 2004), donde se muestra de qué manera las instituciones educativas se ven empujadas hacia los objetivos de competitividad que prevalecen en la economía globalizada. Esta economía no considera al conocimiento como un lastre, sino como un recurso importantísimo para su desarrollo, por lo que las políticas neoliberales intentan por todos los medios insertar a la educación dentro del sistema, actualizarlo en base a la necesidad de recursos humanos que el capitalismo necesita para su funcionamiento. Así pensada, la escuela-empresa termina por someterse a la lógica de servicios y necesidades mercantiles olvidando con ello el objetivo de igualdad que le dio origen, postulando la necesidad de empleabilidad como imperativo utilitario que la define. Christian Laval señala al respecto:
Aproximar la escuela y la economía», «poner la escuela al día», es decir, meterla en cintura, tal es la voluntad histórica de los modernizadores de la actualidad. Modificar las prioridades y las finalidades de la educación pública, utilizar sistemáticamente el argumento del empleo para imponer mejor los imperativos de la competición, manejar el tema de la democratización para transformar los estudios universitarios según una concepción instrumental del saber, convertir al «cuerpo directivo» a los nuevos valores de la gestión empresarial con el pretexto de la «inevitabilidad» de los cambios, servirse de los jóvenes sumisos a la socialización mercantil contra la escuela (aburrida», «apartada de la verdadera vida», etc.) para introducir las reformas, ésos fueron algunos de los incentivos utilizados durante estos dos últimos decenios.(Laval, 2004, p. 398)
Así pensada, la educación es considerada un instrumento que debe proveer a los empresarios de sí, las herramientas para adaptarse a un sistema siempre cambiante. Debe ofrecer ya no contenidos sino competencias, ya no saberes, sino capacidades, ya no conocimientos, sino habilidades. Mediante un discurso de innovación, la escuela del proyecto neoliberal cuestiona las estructuras fordistas de la escuela moderna, pero no con el objetivo de liberar a los estudiantes de las disciplinas que antes los sometían, sino con el de sumergirlos en la lógica misma de su racionalidad postulando una falsa autonomía como modelo social donde se propugna al individuo autosuficiente como capaz de una elección infinita. De este modo, la escuela se libera de las cargas sociales que antes tenía, transfiriendo al estudiante las responsabilidades que antes le pertenecían al estado, divorciando el curriculum de cualquier intento de proyecto político que no sea el de la lógica neoliberal. De esta forma, el alumno no es preparado para una “sociedad del riesgo”, sino que ya se encuentra sumergido en ella en el instante en que entra a la escuela; incluso la elección de una escuela determina el desempeño que el neosujeto tendrá en su futuro. Esta idea de la responsabilidad ilimitada del individuo, destruye cualquier responsabilidad colectiva, considerando las crisis sociales como crisis puramente individuales.
Así entendido, el ethos neoliberal también reclama una formación ética y ciudadana conforme al nuevo sujeto. Una que lo prepare justamente para la elección infinita, un sujeto “autónomo”[3] capaz de adaptarse no sólo a los cambios económicos, sino también a las transformaciones morales que el mercado propone. En este sentido, la formación ética deriva en una formación para la libertad de elección, un sujeto cuya soberanía consiste en un gobierno sobre sí mismo y no sobre las instituciones que conforma. El individuo debe ser formado para la satisfacción de deseos ilimitados sin que esto socave su rendimiento. Se trata de formar un elector político, un consumidor responsable, un gestor exitoso de sus propias emociones, capaz de generar dentro de sí el equilibrio necesario entre rendimiento/goce que propone el management del imperativo gubernamental neoliberal: una subjetividad nómade, cambiante y adaptable, abierta a adoptar por sí misma la identidad que el mundo le propone y asumir los riesgos y las miserias que le oculta. Del mismo modo, las antiguas formas de la eticidad hegeliana (Hegel, 2007), como la familia, la sociedad civil y el estado, se encuentran sometidas a la lógica del mercado, siendo obligadas a funcionar conforme a sus leyes, borrando completamente la línea entre esfera privada y esfera pública y volviéndose totalitaria en sus preceptos, ocupando el lugar de los principios simbólicos comunes y buscando instalar los propios en la nueva formación de los sujetos. Señalan los autores:
La figura del «ciudadano», investido en una responsabilidad inmediatamente colectiva, se borra poco a poco de la escena para dejar paso al hombre empresarial. Éste no es únicamente el «consumidor soberano» de la retórica neoliberal, es el sujeto a quien la sociedad no le debe nada, que «no obtiene nada sin nada a cambio» y que debe «trabajar más para ganar más», por retornar algunos de los clichés del nuevo modo de gobierno. La referencia de la acción pública ya no es el sujeto de los derechos, sino un actor auto-emprendedor que firma con otros actores similares los contratos privados más variados.(Dardot & Laval, 2013, p. 387)
Sin embargo, los autores no consideran que este proceso sea irreversible. Por el contrario, el neoliberalismo erosiona los ideales que le daban origen a la escuela pero no los derrumba. Ciertos ideales continúan vigentes en los sedimentos de la vieja construcción escolar. Esto no significa que haya que volver a las antiguas formas, sino que es necesario, como plantea Laval, redefinir aquellos principios de igualdad y libertad pensando a la educación como un común, como el lugar donde es posible crear espacios para las contra-conductas, es decir, un lugar donde se hagan posible “formas de subjetivación alternativas al modelo de la empresa de sí”(Laval, 2023, p. 190), donde los sistemas educativos puedan transformarse en “instituciones de lo común, cuyo principio es que lo puesto en común debe ser decidido y controlado democráticamente por la población” (Laval, 2023, p. 190). Pero con el objetivo de crear estas contra-conductas, es preciso repensar la educación a partir de nuevas categorías, comprometerse con una lucha que no sólo es semántica, sino real, y que presente un proyecto que le otorgue un potencial transformador.
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Notas:
[1] El siguiente texto pertenece al artículo “Aportes para pensar la comunidad ética como práctica instituyente” publicado en la revista Praxis filosófica. ISSN (I): 0120-4688 / ISSN (D): 2389-9387. Disponible en: https://doi.org/10.25100/pfilosofica.v0i62.14209.
[2] Como es sabido el término griego “ethos” significa “costumbre” “carácter”(Pabón de Urbina, 1997, p. 282), y hace referencia a los usos y costumbres de una determinada comunidad que los miembros de la misma adoptan como propios.
[3] Se trata, por supuesto, de una falsa autonomía. Puesto que el sujeto no puede decidir más que aquellas opciones que le ofrece el mercado.