Encuadres algorítmicos, economía de la atención y subjetividad política: hacia una teoría tecnopolítica del framing
RESUMEN: En los últimos años, la forma en que se construye la realidad política cambió drásticamente: ya no basta con tomar decisiones, ahora hay que controlar cómo esas decisiones se interpretan. Este texto analiza cómo las redes sociales, guiadas por algoritmos que premian lo emocional y lo confrontativo, han convertido la política en una lucha por monopolizar el encuadre de los hechos. En lugar de informar, muchos discursos buscan provocar: captar atención, reforzar identidades y bloquear matices. En este nuevo escenario, la política funciona como espectáculo y el ciudadano queda atrapado en burbujas que comparten la imposición de un “encuadre” particular de la realidad y que refuerzan sus creencias. Entender cómo opera esta economía de la atención y qué papel juegan los algoritmos en la percepción pública es clave si queremos defender la posibilidad de una democracia basada en el pensamiento crítico y el debate plural.
En los últimos años, la relación entre política, medios y percepción pública ha mutado profundamente. Uno de los procesos centrales en esta transformación es la confluencia entre la economía de la atención, la lógica algorítmica de las plataformas digitales y la creciente centralidad de los contenidos polarizantes en el debate político. En este escenario, el framing —teoría que analiza cómo se seleccionan, jerarquizan y presentan ciertos aspectos de la realidad para influir en la interpretación del público— ha adquirido un nuevo protagonismo, pero también una nueva arquitectura: ya no depende únicamente de las decisiones editoriales humanas, sino de sistemas automatizados que operan en función del rendimiento atencional de los contenidos.
La economía de la atención (Wu, 2016; González de la Torre et al., 2023; Citton, 2024) parte del supuesto de que, en un entorno de sobreabundancia informativa, el recurso escaso no es la información sino la atención del público. En ese marco, las plataformas digitales —cuyo modelo de negocios se basa en monetizar tiempo de pantalla— compiten agresivamente por captar y retener atención. La arquitectura de las redes sociales se diseñó entonces como un entorno de estimulación constante, con recompensas intermitentes, hipersegmentación de estímulos y un sistema de retroalimentación en tiempo real que tiende a privilegiar los contenidos de mayor intensidad emocional, especialmente los que provocan indignación, miedo o euforia (Aruguete, 2023).
En ese contexto, el framing político ya no funciona como una operación discursiva exclusivamente humana, sino como un proceso tecnopolítico de co-producción entre actores humanos (políticos, comunicadores, estrategas) y sistemas algorítmicos. No se trata solamente de “encuadrar” un evento con una narrativa eficaz, sino de lograr que esa narrativa sobreviva, se replique y escale en un ecosistema mediático gobernado por las reglas de la economía de la atención. Las plataformas premian los marcos discursivos que maximizan la permanencia, la interacción y la viralización. En consecuencia, los encuadres más exitosos no siempre son los más verídicos, sino los más adaptativos al circuito emocional de la red.
Por ejemplo, en el caso argentino, discursos como “la casta contra la gente de bien”, “el sacrificio meritocrático frente al parasitismo estatal” o “la libertad como antídoto contra el colectivismo” funcionan como frames de alto rendimiento atencional. Estos encuadres simples, dicotómicos y emocionalmente intensos se integran bien con la lógica algorítmica porque polarizan al público, generan identificación rápida y dificultan los matices. Como ha señalado Martín Becerra (2023), este tipo de discursos genera “burbujas de sentido” que reemplazan el debate plural por la reafirmación tribal.
La incorporación de algoritmos en este proceso produce una mutación estructural: antes, los medios tradicionales modulaban sus discursos para no perder audiencia en un mercado con opciones limitadas. Ahora, los algoritmos permiten una microsegmentación radical, que habilita discursos mucho más extremos porque están dirigidos a públicos específicos, sin riesgo de perder la captación de otros sectores. Esta lógica ha transformado a la política en una guerra por el monopolio de los espectadores: quien logre imponer sus frames y anular la posibilidad de ver el mundo desde otras perspectivas, obtendrá una ventaja crucial en la disputa por el poder.
Pero no solo se trata de encuadrar el presente: los encuadres algorítmicos también modelan la percepción del futuro. La política puede así imponer un marco narrativo cuyas consecuencias materiales aún no se sienten, pero que logra monopolizar anticipadamente la interpretación de la realidad. Este fenómeno se agrava por el cortoplacismo emocional (González de la Torre, 2023), que favorece narrativas inmediatas por sobre los análisis de mediano plazo, y por la captura atencional inducida por estímulos diseñados para evitar la reflexión profunda (Citton, 2024; Wu, 2016).
La transformación de los dispositivos de encuadre, en este nuevo entorno, pone en cuestión la posibilidad misma de una esfera pública democrática. Si cada ciudadano recibe una versión distinta y emocionalmente intensificada de la realidad, la construcción de un espacio común de consenso o de disenso se vuelven inviables. Por eso, comprender la nueva ecología tecnopolítica del framing no es solamente una tarea académica: es un imperativo democrático.
Este análisis invita a replantear la política como una disputa no tanto por las decisiones, sino por los marcos desde los cuales esas decisiones se comprenden. Y propone, como hipótesis central, que el nuevo poder no es el que gobierna el Estado, sino el que monopoliza los encuadres: el que logra, con la complicidad de los algoritmos, definir qué es lo que “realmente” está ocurriendo.